El surgimiento del feminismo decolonial

 El feminismo decolonial surge como una respuesta crítica a las limitaciones del feminismo hegemónico occidental, el cual ha tendido a ignorar las experiencias de las mujeres racializadas y las especificidades de la colonialidad en América Latina. Su desarrollo se inscribe dentro de los debates más amplios sobre la colonialidad del poder (Quijano, 1992) y las epistemologías del Sur (Sousa Santos, 2010), destacando la necesidad de descentrar el conocimiento producido en el Norte Global y reconocer las luchas históricas de las mujeres indígenas, afrodescendientes y campesinas.

Uno de los antecedentes más importantes del feminismo decolonial se encuentra en la crítica al feminismo blanco de la segunda ola, el cual priorizó las demandas de las mujeres de clase media y alta en Europa y Estados Unidos, invisibilizando las condiciones de opresión estructural que enfrentaban las mujeres racializadas en el Sur Global (Mohanty, 1988). En América Latina, esta crítica fue impulsada por teóricas y activistas que denunciaron cómo las categorías del feminismo liberal, como la igualdad de derechos y la autonomía individual, no respondían a las realidades de las mujeres que experimentaban la opresión desde múltiples ejes, incluyendo la raza, la clase y el territorio (Lugones, 2010).

El concepto de feminismo decolonial se articula en gran medida a partir del trabajo de María Lugones, quien en su texto Colonialidad y género (2010) introduce la idea de que la colonización impuso un "sistema moderno/colonial de género" que transformó profundamente las relaciones sociales en las comunidades indígenas y afrodescendientes. Antes de la colonización, muchas sociedades indígenas de América Latina no tenían un sistema de género binario ni relaciones patriarcales tal como las concibe la modernidad occidental. Sin embargo, con la llegada de los colonizadores europeos, se impusieron nuevas jerarquías de género que colocaron a las mujeres racializadas en una posición de extrema subordinación, reforzando su explotación económica y su deshumanización simbólica.

Otra figura clave en el surgimiento del feminismo decolonial es Ochy Curiel, quien desde su activismo y producción teórica ha subrayado la necesidad de un feminismo antirracista que reconozca las experiencias de las mujeres afrodescendientes en América Latina y el Caribe. Según Curiel (2007), el feminismo decolonial no solo debe denunciar la opresión patriarcal, sino también el racismo estructural que ha sido reproducido incluso dentro de los propios movimientos feministas. En esta línea, el feminismo decolonial se distancia de las corrientes feministas que buscan la inclusión dentro del sistema capitalista y neoliberal, pues considera que la emancipación de las mujeres racializadas solo puede lograrse mediante una transformación radical del orden social vigente.

El feminismo decolonial también encuentra sus raíces en las luchas de los movimientos indígenas y afrodescendientes, los cuales han reivindicado la autonomía territorial, la soberanía alimentaria y la autodeterminación de los pueblos como elementos fundamentales en la lucha por la justicia de género (Espinosa Miñoso, 2014). La influencia del feminismo comunitario, desarrollado por mujeres indígenas en Bolivia y Guatemala, ha sido particularmente significativa, ya que comparte la idea de que la opresión de género no puede analizarse sin considerar la opresión colonial y capitalista. Como explica Julieta Paredes (2010), el feminismo comunitario parte de una visión colectiva y relacional de la lucha feminista, en contraste con el enfoque individualista del feminismo liberal.

A partir de estas reflexiones, el feminismo decolonial ha ido consolidándose como un movimiento teórico y político con una fuerte presencia en América Latina, cuestionando tanto las estructuras de dominación global como las dinámicas internas de los propios movimientos feministas. Su desarrollo ha estado marcado por encuentros internacionales, redes de activismo y la producción de conocimiento desde el Sur Global, lo que ha permitido ampliar su impacto en distintos espacios académicos y de movilización social.

En este sentido, el feminismo decolonial no puede entenderse como una corriente homogénea, sino como un campo de pensamiento en constante construcción, nutrido por múltiples voces y experiencias que desafían las narrativas hegemónicas sobre el género, la raza y el poder. Su surgimiento ha sido fundamental para repensar el feminismo desde América Latina, reconociendo la importancia de una perspectiva interseccional y descolonizadora en la lucha por la justicia social.

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